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CODIGO DE VIVENCIAS PRACTICAS EN ALG JURISTAS ASOCIADOS

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LIBRO I. Del nuevo comienzo

Artículo 3. El príncipe y el mendigo

Os hablo de un aciago tiempo, en que las vacas eran flacas, los partos dolorosos, la comida sabía insípida como poco y los conflictos arreciaban, acosando a nuestro protagonista.

O nuestros protagonistas. El primero, un soberano, un monarca, con el título de príncipe y cualquier manjar, vestido y oportunidad a su alcance. Es de porte altivo, torso bien torneado, como sus fuertes piernas. Pero no solo es un dechado de belleza, también domina las artes y las ciencias. Es inteligente, persuasivo, halagador, siempre tiene la palabra ideal en la punta de la lengua, que solo monta cuando el preciso momento lo requiere. Tiene a su alcance a todo el mundo: las mujeres le avasallan con ofertas románticas, los caballeros quieren ser como él y, así, no hay modo de demostrar que una sola de las aristas de la romana cara del príncipe sea malvada, cruel o inapropiada.

Nuestro segundo personaje es el mendigo: de harapiento aspecto y ropajes, recorre, muchas veces a gatas, con sus huesudas manos, las calles de la ciudad en búsqueda de algo que perdió hace ya mucho tiempo, el amor a sí mismo.

La diferencia. El príncipe es astuto, sabe guiarse por sus metas y alcanzarlas: no se dispersan ni él ni su mente, siempre tenaces y constantes en conseguir sus objetivos. El mendigo es un pobre engañado de la vida: busca la supervivencia y no la trascendencia, como su alteza. Siempre representa un conflicto, pues cuando aparece las cosas se tuercen y, cuando se enamora, busca la posesión y no el conocimiento.

A este pequeño relato hay que añadir el apego, la adoración o el deseo que siente el mendigo hacia su príncipe. Un día, la anciana viuda de Hoggues se acercó al mendigo y le pregunto por qué lloraba. Éste, entre sollozos y pucheros, le trató de explicar a la anciana que amaba al príncipe y que su desgracia más intensa era que no podría alcanzarle jamás. Además se sentía sucio, sin sentido y muy vulnerable.

A oídos de nuestro príncipe llegó la noticia del afecto del mas zarrapastroso e inmundo de sus súbditos hacia él. El consejo de estado estaba reunido y le sugirió al monarca una idea para aumentar su popularidad: invitar al mendigo y transformarlo; el monarca resolvió con sumo gusto elevar la sugerencia a decisión. Así, se preparó un día especial, de júbilo y fiesta, para agasajar al mendigo y darle una oportunidad.

Al llegar el mendigo a palacio, se había dispuesto un gran banquete en sj honor, servido en opulentas viandas y exquisitos vinos. No estaba previsto que el príncipe diera audiencia a nuestro mendigo hasta que este se hubiera transformado en un adecuado ciudadano, por lo que el mendigo, tras el banquete, fue sometido a abluciones y demás pompas destinadas a mejorar su presencia, aspecto y fondo: la madrastra del príncipe le dio clase de refinamiento durante una hora larga.

Pues bien, para la audiencia estaba previsto que el mendigo aparecería ante el príncipe desde detrás de un espejo, el cual giraría el servicio de palacio en el momento adecuado: así lo pensó el ministro de educación del príncipe, quien decía que una forma de igualar a todo el mundo eran los espejos, pues a todos nos devuelven, los espejos, una imagen fiel de nosotros mismos

Las trompetas sonaron, el murmullo de la sana de audiencia empalideció, la expectativa crecía exponencialmente. Hasta la mitad de la sala, el servicio, condujo el espejo tras el cual se ocultaba el mendigo. Cuando fue el momento, los criados dieron la vuelta al mismo y, ¿adivináis quien surgió de allí?

Nadie

El centro de la sala se halla a sorpresivamente vacío: allí no había nadie, el mendigo había desaparecido

El fulgor del estrepitoso quebranto del público de la audiencia se repitió como ondas sonoras a lo largo del país. De pronto, y ante la sorpresa de todos, el príncipe hizo esta declaración: "todos mis queridos súbditos atónitos estáis por creer haber presenciado un milagro, pero os equivocáis, pies no es más que la lógica la que ha reordenado los factores de la existencia para que estos sigan por un correcto camino.

Cualesquiera de los presentes tenemos un doble rio en nuestro interior: el primero siempre está calmo, el segundo es un revoltijo de remolinos, baches, aguad bravas e inseguridades. La cuestión está en el transvase de aguas: ambos ríos llegan al mar, pero no sin antes haberse alimentado el uno del otro, y viceversa.

Ello ha sucedido con nuestro mendigo, a quien odiabais por su diferencia. No obstante, el peor enemigo del mendigo era el mismo, pues el mendigo no era más que una mitad de un ser que no se quiere a sí mismo y que no acepta el trasvase de aguas, esto es, no considera que una misma persona pueda ser perfecta e imperfecta a la vez, con la consiguiente alimentación compartida de los ríos: si uno esta revuelto, el otro puede insuflarle tranquilidad, pero para ello hay que quererse a uno mismo.

Así pues, mis leales súbditos, el mendigo es algo más que mí súbdito, o mi igual como persona: ese mendigo soy yo, el que se haya en el espejo desde que éste ha girado

Lo entenderéis cuando os diga que mi propósito no era cambiar al mendigo, sino conseguir que éste se amara a di mismo y comenzara a ver la vida desde el prisma de las dos corrientes; y así ha sido: hemos agasajado de forma tan extraordinaria a nuestro invitado que ha comenzado a creer que valía la pena él, que podía ser objeto de amor y, con ello, aceptándose a sí mismo, por fin el mendigo se ha reunido con el príncipe: por fin el mendigo ya no busca su destrucción. Cuidaos súbditos, pues casa uno tiene su mendigo en este reino".

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